- Perú se encamina a una segunda vuelta marcada por una fractura social brutal: de un lado, Keiko Fujimori y las élites conservadoras; del otro, Roberto Sánchez y el voto de las regiones pobres, rurales y marginadas.
- La elección del 7 de junio no solo definirá presidente: también pondrá en juego si Perú sigue bajo el viejo modelo neoliberal o abre paso a quienes históricamente fueron tratados como ciudadanía de segunda.
Perú se encamina a una segunda vuelta presidencial cargada de tensión política y social. La disputa quedó definida entre Keiko Fujimori, líder de Fuerza Popular y heredera del fujimorismo, y Roberto Sánchez, congresista de izquierda de Juntos por el Perú.
La elección no llega como una contienda normal. Llega como choque de país contra país: Lima contra las regiones, el fujimorismo contra el antifujimorismo, las élites económicas contra los sectores populares que llevan décadas cargando las facturas del abandono estatal.

El voto pobre empuja a Roberto Sánchez
El diario El País advierte que el voto de los sectores más pobres marcará la carrera presidencial entre Fujimori y Sánchez. Según el reporte, cerca de una cuarta parte de la población peruana permanece en pobreza, pese a una ligera reducción en 2025.
Ese voto, especialmente en regiones rurales y de la sierra, ha respaldado mayoritariamente a Sánchez, quien logró meterse a la segunda vuelta conforme avanzó el conteo del voto rural.
La lectura es clara: el Perú profundo volvió a levantar la mano. No desde los salones empresariales ni desde los estudios de televisión limeños, sino desde las zonas donde el Estado llega tarde, mal o de plano no llega.

Keiko Fujimori y el peso de una élite marcada por la corrupción
Keiko Fujimori llega otra vez a la boleta como representante de la derecha peruana y de los sectores que apuestan por continuidad neoliberal, mano dura y estabilidad para los grupos empresariales.
Pero su apellido sigue siendo una carga política. El fujimorismo no solo divide: recuerda autoritarismo, corrupción y una estructura de poder que durante décadas gobernó para las élites mientras millones de peruanos quedaban fuera del reparto.
En esta campaña, Fujimori ha buscado instalarse como opción de orden. El problema es que para amplios sectores populares ese “orden” suena demasiado parecido al viejo país donde los de arriba mandan y los de abajo obedecen.

Roberto Sánchez y la esperanza de los olvidados
Roberto Sánchez, por su parte, ha construido su discurso alrededor de la desigualdad, la pobreza rural y la necesidad de un cambio estructural. Su candidatura conecta con sectores que no se sienten representados por el modelo económico que Perú arrastra desde los noventa.
Su avance fue leído como una rebelión silenciosa de las regiones. Una respuesta política de quienes no tienen lobby, no aparecen en las portadas empresariales y casi nunca son escuchados hasta que votan.
Y ahí está el punto: Sánchez no solo compite contra Keiko. Compite contra una maquinaria política, económica y mediática que lleva años tratando al pueblo rural como sospechoso cuando decide votar distinto.
Una elección entre dos modelos de país
El balotaje del 7 de junio se perfila como una elección de alto voltaje. De acuerdo con reportes recientes, Fujimori llega con ventaja en algunas encuestas, aunque Sánchez mantiene fuerza entre sectores populares y territorios históricamente excluidos.
Más allá de los números, lo que está en juego es el sentido político del país: seguir con el modelo que benefició a las élites o abrir una ruta para los sectores que exigen redistribución, reconocimiento y representación.
Perú no votará solamente por una persona. Votará entre el miedo fabricado por los de arriba y la esperanza terca de los de abajo.





